por Xavier Uribe Muñoz
Aquella noche daban aproximadamente las 2:15 AM en su reloj marinero desgastado. Una de sus pocas reliquias que segundo a segundo parecía contar de a un millón las gotas de agua que atizaban sobre el techo de su cocina. A nadie, creo yo, se le hubiese ocurrido dar un paseo o siquiera asomarse por las empapadas calles a esas horas y siendo testigo al mismo tiempo de una tremenda tempestad que obviamente lo hizo dudar un poco antes de salir a dar su habitual paseo nocturno (más madrugador que nocturno en esta ocasión).
Simplemente y sin chistar se guardó bajo su manto, bebió un sorbo de vino y encendió su último cigarrillo del mes, teniendo en cuenta que aún no estaba lo suficientemente cerca para un fumador compulsivo de la fecha de pago en la fábrica pesquera donde trabajaba hace ya más de 32 años. Curiosamente agachó la vista antes de pisar el pavimento, como si no supiese que era sólida argamasa y no vacío lo que pisaría. Sin pensar más emprendió rumbo prácticamente por la acera, mirando de soslayo las tercas y sarcásticas vitrinas que ofrecían lo inaccesible. Simplemente se dejó interesar por el sonido de sus botas que ante la ausencia de cualquier individuo, automóvil o carruaje retumbaban en sus oídos. Sabía que si levantaba la vista, en sus ojos se reflejaría la perspectiva o el paisaje que constantemente, de lunes a sábado veía cuando se dirigía a su rutinario trabajo, quizás demasiado rutinario.
Demoró algo menos de 30 segundos en levantar la vista para observar intuitivamente la fábrica de café que fuese una primicia hace 15 años y 3 días atrás, lo recordaba tan claramente, tenía tan presente el 12 de julio... y como no, si el mismo día por una razón inexplicable de la vida su esposa y compañera se había marchado. Ahí está como de costumbre, emitiendo y soltando su característico aroma que a estas alturas ya detestaba, -o creo yo que detestaba desde el primer día-. Se sentía observado por el edificio a pesar de no detenerse ni pausar su andar para verlo, quizás se sentía observado por la intensidad de su misma mirada que se reflejaba en el ladrillo y discretamente lo atacaba. Altaneramente aceleró un poco el paso. Al mismo tiempo que veía su alargada silueta reflejada en el cemento por las luminarias, la misma aminoraba la velocidad del paso sin detenerse, racionalmente se alarmó, era ridículo y misterioso al mismo tiempo, como caminar hacia atrás sin darse cuenta de lo que acontece. El aceleraba su recorrer y su silueta disminuía el paso. Sacó una curiosa conclusión acerca del confuso hecho; pensó que hacer y resolver problemas a la rápida nos traen como resultado lentitud o más bien lentas consecuencias.
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No se cuestionó más el suceso, quizás fue lo único que se cuestionó durante esa noche, crédulamente siguió su paso a una velocidad similar a la anterior. Sin voltear su cabeza ni mirar su sombra, desde ese entonces en adelante caminó erguido, con la cabeza en alto, entonces con medio cigarro humeado que seguramente se había perdido con el aroma que soltaba la fábrica de café vio delante de el, a unos calculables 10 metros un solitario caballo negro, que en medio de la inmensa noche lucía aún más oscuro. Parecía abandonado. Ningún caballo es solitario sino es abandonado ¿Quien podría desentenderse de tal criatura y dejarla aquí a estas horas? Sin discurrir acerca de lo que iba a hacer avanzó más rápidamente que en todo el paseo nocturno hacia el lado del animal, otra vez sin pensar, incluso menos, se aferró de la montura del potro y al no divisar fulano alguno, se montó sobre el rocín y se dirigió directamente a un precipicio en las afueras del pueblo, lugar poseedor de un hermoso paisaje en días soleados y donde había besado por última vez al prefacio de la ausencia. Inició el trote del cuadrúpedo hacia el lugar, de menos a más, de trote a galope, de galope a veloz corrida, arre!! bramaba en las calles el grito de quien había olvidado su oficio de trabajador de fábrica y que ahora era tan solo un jinete que galopeaba hacia un solo punto de llegada. Sentía como retumbaba el desbordante viento sobre sus oídos al momento de acercarse al abismo, como si el viento que hacía danzar su manto saliera de ahí mismo.
Con la mente en blanco, tan vacía como todas las botellas de morapio que guardaba en el cuerpo fue meramente bajando la velocidad, (Vislumbró como todo ser humano que si no frenaba simplemente caería por el precipicio) Miro hacia el cielo, con actitud de buscar una inhallable estrella fugaz mientras el agua caía abundante sobre su rostro, sencillamente descendió del caballo como en sus mejores tiempos de caballista y regresó -sin colegir que estaba llevando a cabo la misma acción de abandono que se había cuestionado algunos minutos atrás-.
Desconozco el lugar testigo de su vuelta al pueblo, el motivo o la razón por la cual decidió volver la ignoro también, es posible que pretendiera galopar hasta caer, tocar fondo y provocarse la muerte, quizás simplemente recordó que su copa de vino que reposaba sobre el mostrador de su cocina estaba media llena, quizás pensó que un domingo en la madrugada no es el mejor momento para suicidarse ya que siempre su filosofía de vida celebró esos días, posiblemente quiso ver una vez más la fábrica de café o quizás algunas cosas pasan por si solas y simplemente volvió, no lo sé, meramente volvió.
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martes, 11 de agosto de 2009
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