Navegacion 2.jpg Inicio (GIF).gif


Artículos (GIF) copy.gif


Multimedia (GIF) copy.gif
deleuze artículos (bigger).jpg

Artículos

En esta página presentamos los artículos que las brillantes mentes de hoy y mañana nos han enviado para publicar... Siéntanse libres de comentar
en cada una de ellas y hasta de enviarnos algo en respuesta.

Como ya hemos mencionado, la idea de esta página es generar diálogo, presentar discursos para que, en una relación dialéctica entre ellos, podamos
crear nuestra realidad. Esperamos, de esta manera, inundar este espacio virtual de distintos vectores que nos lleven a, en definitiva, formar un mundo
propio.

Generemos diálogo en esta creación...

martes, 14 de julio de 2009

Heteronormatividad, matrimonio y conflicto social

Una mirada a la problemática del matrimonio homosexual desde su concepción como estructura de poder heterosexual y reproductor de discursos normativos

Marjorie Céspedes y Pablo Johnson

Imagen ensayo heteronormatividad.jpg

Una introducción a la problemática

El tema de la homosexualidad es una problemática vigente en nuestro país y en el mundo entero. ¿Y en qué sentido es una problemática? Su misma forma de vida, junto a su actual manifestación pública, amenaza con romper con los esquemas tradicionales de la sociedad, consolidada sobre bases netamente hetero-normativas.

Como heteronormatividad podemos entender a la normalización desde las distintas estructuras sociales a partir de discursos que utilizan al cuerpo como mecanismo de control y de modulación de los sujetos; así, el “poder sobre la vida (…) [en] uno de sus polos (…) fue centrado en el cuerpo como máquina: su educación, el aumento de sus aptitudes, el arrancamiento de sus fuerzas, el crecimiento paralelo de su utilidad y su docilidad, su integración a sistemas de control eficaces y económicos, todo ello quedó asegurado por procedimientos de poder característicos de las disciplinas: anatomopolítica del cuerpo humano” (Foucault, 1995a, p. 168). De esta manera, en beneficio principalmente de los sistemas económicos, a los cuales se subordinan las estructuras políticas, encontramos un código binario de identificación heterosexual a través del cual se modula todo, absolutamente todo, a partir de lo masculino y lo femenino, como contrapartes complementarias y excluyentes.

He aquí la problemática fundamental: la exclusión de este sistema binario heterosexual de aquello que no encaja completamente con lo propuesto por estos discursos normativos. Así, vemos como la anatomopolítica del cuerpo se centra en identificar, a partir de ciertas características físicas, dentro de lo masculino y lo femenino, haciendo de la sexualidad un componente constituyente del sujeto; determinando por ende, su inserción a la esfera social de acuerdo a cómo se asume el rol de género que caracterizaría a su sexo. Como rol podemos entender a “aquel conjunto de conductas asociadas a una posición particular dentro de un grupo.” (Domènech, 2004, p. 392) El “(…) Conjunto de expectativas que los miembros del grupo comparten relativas a la conducta de una persona que ocupa una posición determinada en el grupo” (Hare, 1962, citado en Domèmech, 2004, p. 392). A partir de esta identidad se ejerce un poder normativo en los sujetos, el que facilitaría su docilidad a la luz de los mecanismos de control que le habrían de seguir.

Tomemos un ejemplo simple: digamos que uno nace con pene, por lo tanto, es hombre. Se le adjudican al sujeto un sinfín de características propias del rol masculino a partir de dicha característica física, por lo que, para lograr insertarse en la sociedad, se deben internalizar estas normas de género, para luego poder establecer relaciones de poder con los demás organismos de control.

Heteronormatividad y homosexualidad

Podemos evidenciar a partir de lo mencionado anteriormente que la homosexualidad se cataloga desde la heterosexualidad, en vista de que “el suplemento (aquí homosexual) es lo que parece ser una adición a un término aparentemente original, pero del cual depende el supuesto original (heterosexual)” (Spargo, 2004, p. 60). Por lo mismo, es desde la normativa heterosexual, bajo la cual se rigen los discursos más poderosos (la iglesia católica, la medicina, la educación), que se categoriza a aquellos quienes rompen con la norma, para así fortalecer su posición como tal, al delimitar quienes son los que se encuentran fuera de ella. Esto por lo demás independiente de que las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo se encuentren en todo tipo de cultura desde tiempos inmemorables, siendo la diferencia fundamental que en aquellos tiempos el acto en sí no era constitutivo de la persona, y que sus preferencias sexuales eran sólo un aspecto de su identidad como sujeto, no algo absolutamente determinante. Por supuesto que en la Grecia clásica la mujer se subordinaba al hombre, el cual dominaba en todas las esferas de la vida social; lo que sucede es que las relaciones entre personas del mismo sexo (más que nada entre hombres) tenían una connotación muy distinta a la que tienen hoy, ya que encontraban en ella la posibilidad de cortejo; podemos decir, entonces que “no reconocían en ella [amor de un griego tanto por una muchacha como, a la vez, por un muchacho] dos clases de “deseo”, dos “pulsiones” distintas o concurrentes que compartieran el corazón de los hombres o su apetito. Puede hablarse de su “bisexualidad” si pensamos en la libre elección que ellos se permitían entre los sexos, pero esta posibilidad no se refería para ellos a una doble estructura, ambivalente y “bisexual” del deseo” (Foucault, 1995b, p. 173). Sólo el hombre era libre para elegir, la mujer simplemente tenía que subordinarse, por lo que encontramos en una relación entre hombres la única posibilidad de una relación de poder en términos equitativos, de un juego, una danza.

La homosexualidad como concepto heteronormativo encuentra su antecedente más cercano a la moral cristiano-católica. Esta se ha preocupado de “llevar todo lo tocante al sexo al molino sin fin de la palabra. La prohibición de determinados vocablos, la decencia de las expresiones, todas las censuras al vocabulario podrían no ser sino dispositivos secundarios respecto de esa gran sujeción: maneras de tornarla moralmente aceptable y técnicamente útil. (…) Se ha construido un artefacto para producir discursos sobre el sexo, siempre más discursos, susceptibles de funcionar y de surtir efecto en su economía misma” (Foucault, 1995a, p. 29 – 32). De esta forma, el sujeto comienza a constituirse a sí mismo desde un discurso moral, cuya metafísica transciende al sujeto, tachando ciertos actos como desviados y perversos, en contraste de lo deseable o conveniente en relación a la auto superación y la templanza, desde el punto de vista clásico.

Pero el concepto de homosexualidad surge como tal desde la medicina y su subordinación al poder político y económico. Así, se tilda a quienes afectan negativamente a la producción por sus preferencias sexuales como anormales, ya no se habla del acto, sino de la persona que lo comete. De esta manera, este concepto pasa a ser utilizado como mecanismo de control de los sujetos, dentro de toda una gama de perversiones, para ilustrar aquello que se encuentra fuera de la norma, aquello que se considera como inmoral, con el fin de proteger de esta manera su sistema de producción.

Podemos plantear de entonces lo que podría llamarse como objetivo socioeconómico de la heteronormatividad, y resumirlo en dos palabras, que vendrían reiterando ya lo mencionado anteriormente: producción y reproducción. Comencemos por lo primero. Con producción se hace referencia a optimizar los sistemas económicos y la producción de bienes. ¿Y esto en qué sentido? En primer lugar, y lo más simple, es que, previa a la irrupción de la mujer al mundo laboral y en vista de que los hombres trabajaban juntos, la posibilidad de atracción entre sujetos habría de afectar negativamente la manera en que aquellos trabajaban, debido a la tensión sexual y a los distintos encuentros que podrían ocurrir entre ellos. En segundo lugar, otro de los objetivos de la norma heterosexual es enfocar el deseo y las relaciones sexuales en la reproducción de los sujetos, ya que teniendo más hijos habría, por un lado, más mano de obra (enfatizando la posición del proletariado) y, por otro lado, quien herede los negocios y empresas (potenciando la posición de la burguesía); esto habría tanto de aumentar la producción, volviendo más efectivo el sistema, y reproducir las estructuras sociales. Y por último, siguiendo la misma línea, esta canalización del deseo sexual tiene como consecuencia también un camino trazado para los distintos sujetos, resolviendo el problema del receptor de su deseo desde un comienzo, lo que permitiría que estos se enfocaran en otros asuntos, dados desde las estructuras de poder, permitiendo que se reproduzcan de la misma forma las relaciones de poder entre los sujetos y las estructuras.

Y es así, con el fin de proteger la hegemonía política y económica, que se categoriza a los individuos desde su sexualidad en femenino y masculino y, desde ello, en heterosexual y homosexual, cuando las distintas manifestaciones del deseo subjetivo se manifiesta de tal manera que amenaza dicho poder y la producción.

El matrimonio como estructura heteronormativa y el matrimonio homosexual

Es a partir de la posición hegemónica que tiene esta heterosexualidad que se ejercen un sinfín de mecanismos de control por sobre los sujetos, alguno más claros que otros, disfrazados tras discursos moralizantes y normalizadores, obviamente.

Sólo nos queda decir que nos enfocaremos en uno fundamentalmente a raíz de la problemática actual, tanto en Chile como en el mundo: el matrimonio.

El matrimonio se define, en nuestro país, desde el Código Civil como "un contrato solemne por el cual un hombre y una mujer se unen actual e indisolublemente por toda la vida, con el fin de vivir juntos, de procrear y de auxiliarse mutuamente" (art. 102, Código Civil de Chile), y pasaría a ser el único medio legal a través del cual se puede formar una familia, siendo esta, a partir de la Constitución de 1980, “el núcleo fundamental de la sociedad” (Cap. 1, art.1, inciso 2, Constitución de la República de Chile); mientras que el diccionario de la Real Academia Española lo define de manera similar como una “unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales.” (http://www.rae.es). No es necesario indagar mucho en el tema, para darnos cuenta de la finalidad de este mecanismo, que no es más que un reproductor de la norma heterosexual, buscando así obtener el monopolio legal que habría de fundamentar sus objetivos socioeconómicos. Se intenta de esta forma hacer del hogar un reflejo del sistema normativo en donde la familia, por supuesto heterosexual, reproduzca aquellos “valores” planteados por las estructuras económico-políticas que se encuentran en la base de la sociedad, ya que de ello habría de depender el “correcto” funcionamiento de la maquinaria social. Es el mecanismo por excelencia ya que se encuentra presente constantemente durante la vida de los sujetos y se les encarga los elementos más fundamentales de la educación, por lo que gran parte del discurso anatomopolítico y biopolítico, entiéndase esto último como la concepción del “cuerpo transido por la mecánica de lo viviente y que sirve de soporte a los procesos biológicos: la proliferación, los nacimientos y la mortalidad, el nivel de salud, la duración de la vida y la longevidad, con todas las condiciones que pueden hacerlos variar; todos esos problemas los toma a cargo una serie de intervenciones y controles reguladores: una biopolítica de la población.” (Foucault, 1995a, p. 168), se enfoca en dirigir el desarrollo del núcleo familiar como instancia primigenia de socialización. Se canaliza el cuerpo y el deseo de los cuerpos de la manera más productiva posible, de tal forma que satisfaga las necesidades del sujeto tanto como las de la estructura social; en el fondo, otorgar placer físico (sexual) y, casi por extensión, emocional, a la vez que se cumple una función social: la introducción de más sujetos al mundo y su inserción a la rueda productora de la sociedad.

Así, vemos como el posible matrimonio entre personas del mismo sexo queda absolutamente excluido de la concepción de matrimonio, y pareciera ser completamente indeseable desde el sistema de producción heteronormativo; separación que se hace explícita en los conceptos: “un hombre y una mujer” y la procreación como fin. Es así también, como a los homosexuales no se le reconoce la posibilidad de formar en una familia, en vista de estas clausulas que no son capaces de cumplir.

A raíz de esta exclusión constante explicitada de más de una forma, las minorías sexuales se han pronunciado al respecto, en primer lugar organizándose en grupos como por ejemplo la Fedisech (Federación de la diversidad sexual chilena) la cual agrupa en ella a todas las organizaciones de gays, lesbianas, bisexuales, transgéneros y transexuales; o también el Movilh (Movimiento de Integración y Liberación Homosexual) que es el grupo más activamente político, que se autodenomina como Movimiento chileno de minorías sexuales, el cual lleva 18 años en una lucha contra la discriminación de sus características en este código binario que rige nuestra sociedad.

De aquí nace una de las propuestas fundamentales y, a la vez, polémicas, a favor de la inclusión y reconocimiento del aporte a esta sociedad de estas minorías sexuales, un proyecto de ley de Matrimonio Homosexual, el cual inició su tramitación ingresando a la Cámara de Diputados en marzo del 2008. Este proyecto busca modificar el artículo 102 del Código Civil donde se define matrimonio, dejándolo de la siguiente forma: “contrato solemne entre dos personas que se unen actual e indisolublemente, y por toda la vida, con el fin de vivir juntos y de auxiliarse mutuamente”, quitando así todo componente demostrativo de la heterosexualidad que los excluye. Las minorías sexuales organizadas coincidieron en señalar “El matrimonio entre personas del mismo sexo es un sueño de gran parte de las parejas gays y lésbicas y esperamos que las autoridades debatan este tema de manera honesta y transparente, requisito indispensable para un correcto ejercicio de la democracia y un respeto integral a los derechos humanos, sin discriminación de ningún tipo”. Paralelamente a este proyecto se trabaja en un Pacto de Unión Civil (PUC), con el objeto de dotar a Chile de una ley que controle las relaciones de parejas convivientes heterosexuales y homosexuales, iniciativa que regula el régimen patrimonial, de sus seguros y sus herencias. A pesar de tener el apoyo de 150 organizaciones sociales y varios políticos, aun no inicia su tramitación en el Congreso Nacional por la falta del patrocinio del Ejecutivo. Es por esto que nos centraremos en el proyecto de ley descrito con anterioridad, “Proyecto de ley de Matrimonio Homosexual”, visto como un proceso de cambio social.

El cambio social

Desde Serge Moscovici, podemos decir que el cambio a nivel social es entendido como el proceso de innovación, que a su vez se explica como “un proceso de influencia social, que generalmente tiene por fuente una minoría o un individuo, que intenta, ya sea introducir o crear nuevas ideas, nuevos modos de pensamiento o comportamiento, o bien modificar ideas recibidas, actitudes tradicionales, antiguos modos de pensamiento o comportamiento” (Doms & Moscovici, 1984, p. 76). Entonces, podemos decir que el cambio social, para este autor, provendría de la influencia de las minorías que en este caso particular serían los grupos de sujetos que se encuentran fuera de la norma heterosexual, como aquellos representados por el Movilh. Para que estos ejerzan una verdadera influencia tienen que cumplir con ciertas características, como tener un punto de vista concreto, conciso y coherente además de poder plantearse en desacuerdo con la norma dominante, junto con “que su estilo, al resaltar su posición, sea percibido como el reflejo de su consistencia, de su seguridad y de su compromiso respecto a su punto de vista” (Doms & Moscovici, 1984, p. 92). Todo esto dependiente también del apoyo social de ambas partes, los movimientos de opinión de la mayoría y el contenido de lo que se propone.

Podemos ver, como las minorías sexuales de nuestro país cumplen con todos estos requisitos, al presentar un proyecto claro, demostrar una unidad entre sus miembros y un discurso bastante consistente comprometido con su punto de vista; a raíz de cómo su propia identidad se ve comprometida en este conflicto social. Entonces, si vemos presentes todas las condiciones que plantea Moscovici como determinante para un cambio social, ¿Por qué esto aún no ocurre? ¿Sucede acaso que el apoyo social de la mayoría es mucho? ¿Qué el de la minoría es muy poco? ¿Quizás el contenido del proyecto es poco claro? En definitiva, desde los planteamientos de Moscovici estas preguntas quedan sin responder, al igual que un sin número de temáticas fundamentales a la hora de explicar el cambio social. Por ello, habremos de tomar las críticas de Tomás Ibáñez para llegar a una conclusión más clara con respecto a esta problemática.
En vista de que Moscovici enfatiza la parte cognitiva de los procesos de cambio, instaurando una suerte de psicología socio-cognitiva, Ibáñez potencia lo netamente social, tratando de frente las relaciones de poder y los procesos de resistencia. Desde lo anterior podemos explicar las falencias de Moscovici.

Tomás Ibáñez, dentro de su crítica a la teoría de Moscovici, plantea que puede haber dos grandes razones por las cuales nos se ha llevado a cabo algún cambio explícito. El primero es lo que denomina miedo a la diferencia, como una presión social significativa por parte de la mayoría, que imposibilitaría el tomar la postura de la minoría en vista de la connotación negativa que esta tiene. Por lo que llegamos a que “el temor a la “diferencia” sólo existe porque ésta está sancionada socialmente. Prueba de ello es el hecho de que lo que importa al sujeto no es tanto “saberse diferente” cuanto “mostrarse diferente”” (Ibáñez, 1987, p. 275). Vemos entonces como el poder se encuentra presente en los conflictos sociales, tanto para crearlos como para bloquearlos. Así mismo, concordamos en que, para ejercer influencia, una minoría debe mostrarse consistente y debe plantearse firmemente sobre su posición. De esta forma, lanza un desafío a la norma mayoritaria, ejerciendo un poder sobre esta; lo que la lleva a plantearse uno de dos caminos: “eliminar a la fuente de protesta, lo que es costoso y a veces arriesgado, o bien coexistir con ella, lo que le obligará a desarrollar permanentemente un poder de contención de la desviación” (Ibáñez, 1987, p. 277). A diferencia de Moscovici, aquí se presenta a la mayoría como la base de todo cambio social, esto se debe a las relaciones de poder y la resistencia que se generaría en la minoría, lo que lleva a la mayoría a buscar una solución, como es intentar “absorver” este grupo minoritario con sus normas. El cambio en sí, surge de lo ya institucionalizado, siendo las minorías sólo un instrumento que explicita, reproduce y sólo redefine la evolución de la norma de esta sociedad mayoritaria heterosexual, a partir de la resistencia generada por dichas minorías en contra del poder ejercido por las estructuras normativas. Entonces decimos que todo cambo social depende de las relaciones de poder, que en este caso se ve reflejado en cómo interactuan las minorías sexuales de nuestro país, con esta sociedad mayoritaria heteronormativa; aquí podemos evidenciar que más que producir un verdadero cambio, la minoría pareciera buscar únicamente incluirse dentro de la norma ya establecida por esta mayoría. De esta forma se estaría adaptando ciertas clausulas y elementos específicos que signifiquen la “absorción” de estos grupos minoritarios, más que un cambio netamente estructural.

En definitva, “son los elementos de la mayoría los que adoptan y difunden las posiciones minoritarias, mientras eso no les ponga a ellos mismos en peligro” (Ibáñez, 1987, p. 283), lo que significaría que, al fin y al cabo, los cambios provienen no de la influencia de las minorías, como habría propuesto Moscovici, sino que desde lo ya institucionalizado, desde la mayoría y lo que habría de beneficiarlos, mientras que la resistencia de los grupos minoritarios se limita a explicitar y definir el cambio.

Aterrizando aquello al caso particular del proyecto de ley del matrimonio homosexual, propuesto por las organizaciones de las minorías sexuales, esto sería simplemente una reproducción de la norma heterosexual; un concepto ya institucionalizado y legitimado por esta mayoría social. La contemplación de este supuesto cambio nace a partir de la evolución de las mismas estructuras normativas, y no desde las propuestas y la presión ejercida por las minorías. Se reproducen de esta forma los mismos objetivos socioeconómicos de la heteronormatividad, incluyendo a la misma a quienes no se conciben dentro de ella.

Finalmente, podemos decir que la minoría sexual de nuestro país con su propuesta de matrimonio homosexual sólo está reproduciendo la norma, es así como su integrición en el sistema incluye una perdida de indentidad, ya que ellos en sí estan afuera de este codigo binario impuesto por la mayoría; pero en la práctica pareciese ser la única forma de avalar su existencia dentro de esta sociedad. Entonces ¿Hasta que punto estas propuestas teóricas permiten un práctica real y efectiva? ¿En qué medida la academización de lo social, extrapolada a esta problemática, posibilita una verdadera práxis? ¿Cuál es el camino que debemos tomar como sociedad?. Quizás de lo teórico a lo práctico y conveniente hay un paso gigante aun por descubrir.

Bibliografía

Domènech, M. (2004). Grupos, movimientos colectivos e instituciones sociales. En T. Ibáñez (Ed.), Introducción a la Psicología Social (pp. 377 - 433). Barcelona: Editorial UOC.

Doms, M., & Moscovici, S. (1984). Innovación e Influenicia de las Minorías. En S. Moscovici (Ed.), Psicología Social (Vol. II. Pensamiento y Vida Social. Psicología Social y Problemas Sociales, pp. 71 - 116). Barcelona: Editorial Paidós.

Foucault, M. (1995a). Historia de la Sexualidad (Vol. 1. La Voluntad de Saber). Madrid: Siglo Veintiuno de España Editores.

Foucault, M. (1995b). Historia de la Sexualidad (Vol. 2. El Uso de los Placeres). Madrid: Siglo Veintiuno de España Editores.

Ibáñez, T. (1987). Poder, conversión y cambio social. En S. Moscovici, G. Mugny, & J. A. Pérez (Edits.), La influencia social inconsciente (págs. 263 - 285). Barcelona: Anthropos.

Spargo, T. (2004). Foucault y la Teoría Queer. Barcelona: Gedisa Editorial.

Codigo civil de Chile (2003). Disponible en: http://www.paginaschile.cl/biblioteca_juridica/codigo_civil/codigo_civil_de_chile.htm

Constitución Política de la República de Chile. 1980 (2009). Disponible en: http://www.leychile.cl/Navegar?idNorma=242302

Fedisech, Federación de la diversidad sexual de chile (2008, 20 de Marzo). Ley de matrimonio homosexual inició tramitación parlamentaria en Chile. Extraído el sábado 4 de Julio de 2009 desde http://www.minoriassexuales.cl/?p=67

Movilh, movimiento de integración y liberación homosexual (n.d.). No Discriminación y Contrato de Unión Civil, PUC. Extraído el sábado 4 de Julio de 2009 desde http://www.movilh.cl/index.php?option=com_content&task=view&id=492&Itemid=12

Biblioteca Nacional (n.d.). La familia: Matrimonio Civil. Extraído el 4 de Julio de 2009 desde http://www.bcn.cl/ecivica/mcivil



Link de Descarga: Heteronormatividad, matrimonio y conflicto social, por Marjorie Céspedes y Pablo Johnson

No hay comentarios:

Publicar un comentario