por Jamadier Esteban Uribe Muñoz
La luz del sol se colaba por entre las hojas de los arboles que cubrían el sendero que guiaba a los caminantes, por el bosque del Valle de las Hadas. Bajo los pies de Rafael se encontraba el camino, de tierra húmeda alfombrada por el césped, y delimitado por sus bordes de arboledas casi impenetrables, que enverdecían la visión de aquellos osados que se internaban en el frondoso paraje.
Para aquel entonces terminaba la primavera, por lo que no era raro, cruzarse en el andar, con hadas de la luz, que trabajaban arduamente para alargar los días.
No podía creer lo que estaba presenciando.
Había escapado hace ya dos lunas de palacio, no cargaba más que un poco de pan de hoja y la flauta heredada de su abuelo, que jamás conoció. Rafael era un joven noble sin muchas responsabilidades, no le interesaba ser un cortesano destacado (lo que encendía la cólera de su padre), ni mucho menos administrar las tierras, que el Rey, su futuro suegro, le había concedido a su familia. Sólo era feliz creando melodías, que sin su intención, enamoraban a las muchachas, ya hayan sido de la corte o del estado llano (la princesa del reino, entre otras), quienes las oían perdían la razón. Hasta que un día, cansado de las presiones y aterrorizado por el acoso de una princesa gorda y fea decidió escapar del reino, en busca de un sitio tranquilo para la música.
No me está permitido revelaros la ruta que el joven siguió hasta llegar al Valle de la Hadas, pues he comprometido mi palabra garantizando absoluta reserva de la ubicación de dicho lugar, por lo que me limitaré a relataros los sucesos que en el valle acontecieron.
No podía creer lo que estaba presenciando, un pequeño ser alado se le acercaba a vuelo ligero, era más grande que una mariposa y no tenía forma de pájaro, debía ser un hada y a juzgar por su blanca luminosidad, debía ser un hada de la luz, antes que el resplandor le encegueciera y a medida que con el vuelo se acortaba la distancia, Rafael logró distinguir una silueta femenina con cabellos dorados.
-Cerrad los ojos o quedareis ciego –le gritó el hada-
Nuestro joven protagonista le hizo caso de inmediato y se quedó inmóvil, con los ojos cerrados en medio del bosque, esperando que aquella mujer alada, que hasta ese entonces era un mito, le dijera que más hacer.
-Mi nombre es Jísara, tú has de ser Káriz ¿o me equivoco?, te estábamos esperando.
Rafael estaba estupefacto, por un momento pensó que se había vuelto loco o que el Diablo le asechaba, pero reaccionó de inmediato.
-No, soy Rafael, perdonadme, pero no creo que alguien por aquí me espere.
Aquella respuesta sorprendió mucho a Jísara, pues no es normal que los humanos se internen en el Valle de las Hadas sin que estas, en el fondo, no los hayan atraído, siempre con un propósito especial. Pensó que a lo mejor Kara, hada que le había pedido que escoltara a un tal Principe Káriz, se había equivocado de humano, pero decidió confirmarlo antes de expulsarlo del valle.
-Decidme si sois músico y si tu destino es ser Rey, si no daros media vuelta, marcharos y no digáis a nadie que habéis visitado el Valle de las Hadas.
Rafael aceptaba su condición de músico, era un flautista y muy bueno, de esos que tiene un talento natural, pero no había caído en razón, hasta entonces, de que al casarse con la Princesa se convertiría, tarde o temprano, en Rey. Tardó un poco en responder.
-Si, soy flautista e intento escapar de ser Rey.
-Entonces acompañadme –Le respondió Jísara. El hada se adelanto unos metros para que Rafael pudiera abrir los ojos y ambos emprendieron viaje-.
Él debía ser, quizás Kara se había equivocado de nombre, después de todo ¿Cuántos príncipes, humanos y flautistas existían en los alrededores del valle?
Rafael sabía que seguir a un hada desconocida, era probablemente una locura, pero de cualquier forma no quería volver a los dominios humanos para casarse y administrar tierras, por lo que siguió a Jísara sin mayor vacilación.
El joven estaba maravillado, se estaba adentrando cada vez más en el bosque y a la luz del día iba descubriendo, a medida que avanzaba, una infinidad de especies nuevas, que solo había oído nombrar en los cuentos, incluso se cruzó con un unicornio. El constante descubrir era acompañado del apacible cantar de los pájaros, que por una extraña razón le hacían una venia cuando él pasaba junto a ellos.
-Donde me llevas –Preguntó de pronto Rafael-
-Te llevo hasta el dominio de las hadas de la música. Kara, Reina de esa orden me ha pedido que te escolte hasta sus tierras.
-¿Para qué? –La curiosidad se devoraba al joven-
-No lo sé –Respondió Jísara- tú lo averiguaras cuando sea el momento.
Y siguieron camino callados, Rafael siempre muy atento a cada fenómeno nuevo y mágico que aparecía. Al cabo de unas horas de andar, Jísara se detuvo y su acompañante hizo lo mismo unos metros detrás de ella. El silencio inundó el bosque por unos segundos, Rafael no se atrevió a mover un músculo, estaba todo en calma, sólo se dedicó a observar; Ahora el bosque ya no era tan verde, a medida que se habían adentrado los arboles se habían hecho cada vez más altos, el color predomínate ahora era el café de los troncos que alcanzaban hasta un kilometro de altura, el sotobosque era abundante y el suelo era menos húmedo, ya no cubierto de pasto.
De pronto comenzó a sonar una música, parecía como si una filarmónica completa tocara desde los árboles, el joven distinguía arpas, flautas, clarinetes, pianos, guitarras, cornos, trompetas, a de más de otros tantos instrumentos, sin considerar los que jamás había escuchado. Juntos conformaban un hermoso sonar que acariciaban y estremecían, al mismo tiempo, todo el cuerpo de Rafael. Estaba pasmado, sentía que esa melodía era para él y sin pensarlo tomó su flauta y comenzó a esbozar notas precisas que embellecían aún más el coro instrumental. De lo alto vio bajar tres pequeñas luces moradas.
Sentía su cuerpo desbordado por un resplandor que provenía desde sus entrañas, que rebasaba los límites de su propia corporeidad y de pronto se desintegró.
Cuando abrió los ojos las tres luces aún estaban en descenso, más o menos a la misma altura, por lo que supuso que no habían transcurrido muchos segundos desde aquella extraña sensación. Se miró y se llevó una gran sorpresa, estaba desnudo, tendido sobre la túnica que vestía antes de que perdiera la conciencia, ahora le parecía gigante. Asustado se reincorporó de un salto y pudo apreciar que era del mismo tamaño de Jísara y no sólo eso, tenía alas, de un material muy peculiar, traslucido.
-Soy Kara, Reina de la Orden de las Hadas de la Música –Dijo una de las tres luces que ya llegaban a tierra- ellos son Kraw y Lizk –E indicó a los otros dos hadas que le acompañaban- Lo esperábamos Príncipe Káriz.
Rafael estaba confundido, no sabía ni cómo ni por qué había llegado a esa situación, más aún estaba seguro que todo era un error. Miró a la Reina Kara para pedirle una explicación pero esta y su escolta, al igual que Jísara y todas las hadas que tocaban desde los árboles, a las que se le sumaban los pájaros cantores y las criaturas del bosque estaban postradas ante él, rindiéndole pleitesía.
A un extremo del salón estaba sentado el Rey en su trono, se veía viejo y cansado, sus manos pulsaban por última vez las cuerdas del arpa de oro sobre la que se había compuesto toda la música de la humanidad. El piso de mármol reflejaba las llamas de las chimeneas que temperaban la habitación. Una lágrima resbaló por la mejilla izquierda del soberano, había fracasado, moriría y sin sucesores la orquesta dejaría de tocar. No se cansaba de aborrecer a aquel miserable humano que había hecho de su hija un objeto de palacio.
De improviso la guardia tocó las trompetas, le daban la bienvenida a la Reina, y enseguida, una melodía que no se había escuchado por más de una generación.
El Príncipe Káriz se arrodilló ante su abuelo, besó sus manos y el morado de ambos se fundió en la flauta del Hada menor.
Link de Descarga: Káriz y las hadas de la música, por Jamadier Esteban Uribe Muñoz
sábado, 18 de julio de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)




=)
ResponderEliminarQue lindo. Comovente.
Parabéns.